En dos noches, un sistema JBL Professional resolvió lo que el restaurante arrastraba desde 2010: sonar bien sin sonar demasiado; así lo hizo Arquitectura Aural.
Ttorino lleva casi diecisiete años en el corazón de Santa Fe, la zona corporativa de la Ciudad de México, sirviendo recetas del Piamonte con el mismo objetivo de siempre: que, en palabras del chef Pablo Portilla, “desde que entres te sientas como en casa”. El restaurante ha cambiado mucho en dos décadas —siempre para bien— pero nunca ha perdido esa identidad cálida y familiar.
Pocos lugares manejan la variedad de públicos y horarios que maneja Torino. Abre a las 8 de la mañana para el desayuno y no cierra hasta las 11:30 de la noche, así que por el mismo salón desfilan estudiantes universitarios, familias completas, ejecutivos en junta y parejas buscando una cena tranquila. El segundo piso resume esa doble vida mejor que nada: de lunes a viernes es un salón privado para eventos corporativos; los fines de semana se convierte en ludoteca a cargo de Talleres La Libélula, para que los papás se queden un postre —o una copa de vino— más.
Arquitectónicamente tampoco es un espacio sencillo: techos a doble altura, ventanales amplios, terraza abierta, jardín y ese salón privado del segundo piso. En la práctica, varios restaurantes distintos conviviendo bajo el mismo techo, cada uno con su propia dinámica de gente y de ruido.
Un sistema pensado para otro restaurante
El sonido original de Torino databa de la apertura, en 2010: un equipo análogo Yamaha que el chef describe como “súper aguantador” —no un mal equipo, aclara, sino uno pensado para un restaurante que ya no existe del todo—. El Torino de hoy recibe otra afluencia y, sobre todo, cuida la música de otra manera: Portilla trabaja de cerca con Billy Castro, de Gramofun, en la curaduría de las playlists del restaurante. El problema era que ese trabajo se perdía en el camino.
La causa estaba en la arquitectura misma del lugar. Techos altos, muros y ventanales de vidrio reflejaban el sonido sin control, y para que la música llegara con claridad a las mesas más alejadas, las bocinas de pared de 6 pulgadas tenían que operar a niveles de presión muy altos. El resultado era el efecto contrario al buscado: quien estaba sentado cerca de una bocina recibía el sonido directo y molesto, y dos mesas más allá apenas se escuchaba algo. Más caos que ambiente.
Portilla lo explica con una lógica muy de restaurante: al inicio del servicio, con poca gente, el volumen funciona bien; conforme el lugar se llena, el bullicio de los comensales sube el ruido de fondo y hay que subir la música para compensar. Ahí es donde el sistema anterior empujaba a los meseros a subir el volumen justo hasta que alguien de otra mesa pedía que se bajara —aunque, aclara el chef, en realidad tampoco estaba tan fuerte.
Menos volumen, más control
Cuando el equipo de Arquitectura Aural entró a diagnosticar, llegó rápido a una conclusión: el problema no era la música ni el volumen en sí, sino dónde y cómo estaba colocada cada fuente de sonido. “No se trata de hacer sonar muy duro los altavoces, sino de tener el control de lo que se ejecuta”, explica Emanuel Franco, especialista de la firma. Tener altavoces próximos y con emisión directa hacia la clientela facilita ese control.
Eso llevó a un cambio de enfoque: en lugar de pocas bocinas grandes tratando de cubrir todo el salón desde lejos, la solución pasaba por más fuentes, más cercanas a los comensales y de menor potencia individual, privilegiando el sonido directo sobre el reflejado. Y como el restaurante ya operaba, en la práctica, como varios espacios distintos —VIP, terraza, jardín, salón principal—, tenía sentido tratarlo como tal: un sistema multizona en el que cada área pudiera subir o bajar su propio volumen sin afectar a las demás.
Había, además, una variable muy práctica que resolver: quien iba a operar el sistema día a día no sería un técnico de audio, sino capitanes y meseros. Los controles tenían que ser simples y estar agrupados en un solo punto accesible. Y todo esto debía resolverse sin detener el servicio, sobre instalaciones y cableado que ya existían, con el Mundial de fútbol de por medio —una fecha que no se podía fallar.
La solución, zona por zona
La propuesta combinó bocinas JBL Professional con amplificación y control de la familia Harman, repartidas exactamente según esa lógica de zonas. En el salón VIP y en las posiciones donde ya había bocinas de pared se instalaron seis unidades de la serie Control 20, modelo Control 28 de 8 pulgadas: cuatro dedicadas al VIP y dos que se quedaron en su ubicación original, donde no había forma de montar equipo de exterior. Son bocinas capaces de cubrir el rango de frecuencias y la presión necesaria sin depender de un subwoofer aparte —Torino buscaba calidez controlada, no un ambiente de antro.
Para jardín y terraza se colocaron cuatro bocinas tipo “hongo”, modelo Control 88, resistentes a la intemperie y aptas para instalarse semienterradas entre la vegetación. Tienen un patrón de cobertura de 360 grados, pero lo que le interesaba al equipo técnico era la homogeneidad más que el alcance: que el sonido llenara el jardín parejo, sin puntos donde de pronto sonara más fuerte.
El corazón del sistema es una consola Soundcraft Notepad-8FX y amplificadores Crown XLS 1002 de la línea DriveCore, con filtros de paso alto y paso bajo que permiten ajustar cada zona a sus propias dimensiones. Un panel frontal simple deja seleccionar la fuente —Sky, pantallas o streaming vía Spotify o Tidal— y regular el volumen de cada área sin necesidad de un ingeniero de audio en sitio.
Lo más llamativo, quizás, es el tiempo de ejecución: diez altavoces, cableado nuevo, montaje y calibración se resolvieron en dos noches de trabajo continuo, sin detener el servicio ni tocar la operación del restaurante —justo antes de que arrancara el Mundial.
“Que la sientas, pero que no esté tan presente”
Nadie lo resume mejor que el propio Portilla:
Un sistema como el que nos proporcionó e instaló el equipo de Arquitectura Aural es un sistema increíble, la verdad… tienen unos bajos increíbles, entonces lo que genera es que tú le puedes poner bajito el volumen y ya te envuelve, ya te llena. Sin duda se genera un ambiente más cálido… estás disfrutando de la música, pero sin darte cuenta de que está la música. Creo que ese es el punto del sistema de sonido en un restaurante: que la sientas, que la escuches, pero que tampoco esté tan presente y te permita que la plática fluya. — Pablo Portilla, Chef de Torino Santa Fe
Del lado técnico, Franco insiste en el mismo principio:
Las necesidades de este lugar eran muy específicas por ser un espacio con techos muy altos a doble altura y ventanales amplios. Es clave tener mucho cuidado en dónde colocas los equipos y qué equipos colocas; si no, puedes causar poca inteligibilidad y molestar a los comensales. — Emanuel Franco, Arquitectura Aural
Y añade una prueba, casi involuntaria, de que el sistema funciona:
El capitán de meseros nos comentaba que ya no ha habido quejas del sonido. Cuando la gente más a gusto está es cuando sí escucha musiquita de fondo, escucha el ambiente, pero no está molesta con el audio. Si no hay noticias de parte de los comensales, son buenas noticias. — Emanuel Franco, Arquitectura Aural
La zonificación, de hecho, se puso a prueba casi de inmediato: durante el Mundial, unas áreas querían los partidos a todo volumen y otras preferían mantenerlos discretos para no interrumpir una junta o una cena de negocios.
Los meseros pueden mover muy fácil los volúmenes de cada área cuando se requiere. Creemos que al final, que el Torino pueda hacer que sus comensales se sientan cómodos es lo mejor que nosotros podemos hacer. — NicolЗs Rivero, Arquitectura Aural
Una intervención que no se ve
Desde que el sistema quedó instalado no ha habido una sola queja por sonido —y en un restaurante que atiende desayunos, comidas de negocios y cenas de fin de semana bajo el mismo techo, eso ya dice mucho. Visualmente, la intervención es casi invisible: nada en el salón delata que ahí hubo cableado nuevo y diez bocinas montadas en dos noches. La estética que Torino cuidó durante casi diecisiete años sigue intacta.
Estamos generando una propuesta que no solo va a mejorar la interacción con los comensales y hacer que duren más en el restaurante, sino que también va a provocar que lo busquen para otro tipo de experiencias. Si la gente se siente a gusto, nosotros también nos sentimos a gusto con el resultado. — NicolЗs Rivero, Arquitectura Aural
Al final, la ingeniería acústica bien aplicada tiene una regla de oro: no se nota. Se disfruta. Y esa, precisamente, es la señal de que el proyecto funcionó.






