Sonos Play se asoma como un nuevo integrante de la familia de la marca de California, pero en realidad es un punto de inflexión que retoma el rumbo donde sabe andar: hacer sistemas de audio distribuidos confiables. Se dice fácil, pero no lo ha sido. Sonos Play es una pequeña bocina con todos los atributos para ser la nueva número 1 del portafolio de la firma.
Por Eliseo Vega @eliseovega
Historias en tiempos perdidos
La película “El eslabón perdido” (SKULLDUGGERY, 1970) fue un intento kitsch de demostrar que había una especie humanoide no reconocida antes del Homo sapiens. Mala película con un nombre peculiar. Sonos no se ha quebrado la cabeza para nombrar esta bocina que resulta el eslabón entre la bocina pequeñita Sonos Roam y la más robusta (y muy pesada) Sonos Move. Acá el eslabón está resultando un soberbio producto.
Sonos Play juega en grandes ligas: tiene el tamaño compacto que lo hace sonar con nivel mínimo para los aficionados al HiFi y, a la vez, resulta todavía portátil. Pero más allá de ser un simple nuevo producto en la gama, Sonos Play representa la primera muestra del renacimiento de la marca después de los momentos de turbulencia de años pasados. La empresa hace hincapié en que Sonos Play es parte del ecosistema Sonos. No más productos aislados. Sonos nació como sistema y quieren que prevalezca así.
Soy «bronto-usuario» de Sonos desde 2008; así llevo más de 18 años conociendo las entrañas, la magia y —algunas pocas veces— las desdichas que me ha hecho pasar esta marca.
Primero tengo que reconocer que mis productos de hace casi dos décadas siguen funcionando: tengo un ZP-90 (el antecesor prehistórico del Sonos Connect) y también tengo ZonePlayer S5 y Play:1 de primera generación que, gracias a la app Sonos S1, siguen funcionando casi a la perfección. De hecho, tengo que decir que en esos meses donde la “nueva” app Sonos fallaba día y noche, la vieja confiable Sonos S1 simplemente volaba: cero contratiempos. Y lo sigue haciendo. Díganme una empresa que te entregue sistemas que sigan funcionando (con cierto nivel de soporte) 18 años después.
Si analizas a Sonos como un producto unitario, evidentemente lo puedes calificar como notable o sobresaliente, pero siendo sinceros puedes encontrar mejores bocinas (más caras) y con mejor calidad: a la mente vienen las francesas Devialet o Cabasse, o las inglesas Naim, Meridian o Bowers & Wilkins; en los rangos pequeños, las Ultimate Ears o algunas versiones de Bang & Olufsen podrían superar el desempeño sonoro de Sonos; imposible tapar el sol con un dedo.
Pero, y acá viene el PERO en mayúsculas, ninguna de ellas —y lo afirmo categóricamente porque he probado muchas— ejecuta el concepto de sistema como Sonos. Esto es: Sonos fue concebido en 2005 como un conjunto de componentes (que luego derivaron en altavoces) para ser distribuidos alrededor de la casa y así poder escuchar la música que teníamos almacenada en computadoras o discos duros (antes de la llegada de los servicios de streaming). Esto sucedía entre 2006 y 2010.
Luego llegó Rhapsody (antes llamado Napster), pero fue con MOG en 2011 que mi vida cambió (como a todos); entonces podía tener la canción que yo quisiera en el momento que se me antojaba (MOG se transformó en Beats y finalmente se convirtió en Apple Music). Después vinieron Spotify y los demás para conformar la galaxia de servicios de streaming que hoy conocemos.
Sonos era el sistema más emocionante de mi casa. No importaba que yo tuviera un equipo de audio high end en la sala; Sonos estaba en mi recámara, en la cocina, en el estudio y hasta en el patio. Con Sonos hacía cantar todos los espacios de mi hogar; de hecho, me hizo abandonar de cierta manera la pasividad de estar sentado frente a mis bocinas Dynaudio y mi amplificador a bulbos. Con Sonos caminaba o atendía otras actividades con un nivel de satisfacción auditiva que siempre provocaba la sonrisa.
Y en aquellos ayeres era el trigger para iniciar la conversación de quien iba a mi casa. Hace 20 años tener este equipo de audio distribuido no era común. Sabrá Dios a cuántos de mis amigos y conocidos convencí de que esto era el futuro y que la ubicuidad de las bocinas y el streaming musical nos iban a dominar.
Nueva administración: back to the basics
Si quieres saber todo lo que hay dentro del Sonos Play, mira nuestro reporte inicial: https://installmagazine.com.mx/sonos-play-y-era-100-sl-refuerzan-el-ecosistema/
Bueno, pues parece que la nueva administración de Sonos revisó su historia y decidió que era momento de regresar a los básicos. La nueva Sonos Play funciona en Wi-Fi (obviamente), también con la casi extinta SonosNet (una red exclusiva de Sonos creada a partir de un componente que se llamaba Bridge) e incluso opera con Bluetooth. Además, algo que me pone contento es que tiene una entrada auxiliar digital (a través de USB-C) donde puedes conectar cualquier fuente de audio antigua o moderna (más de esto lo escribo más adelante). Además, si juntas dos de ellas en el mismo lugar, puedes hacer par estéreo; incluso podrías sumarle un Sub Mini y tener un equipo de 2.1 canales de estupenda calidad.
Al salir de casa se pierde el par estéreo, pero Sonos ya permite agrupar varias bocinas vía Bluetooth: basta con mantener pulsado ‘Play/Pause’ en la segunda unidad para que suenen al unísono. Aunque no es estéreo real, armar la fiesta en el jardín con dos bocinas a todo lo que dan es otra historia frente a usar una sola.
Tiene certificación IP67, así que resiste bien a la intemperie y al polvo. ¡Así que aguanta bien si lo usas en el baño!
La única limitante de las Sonos Play es que no funcionan como altavoces satélites de surround traseros en un sistema de cine en casa.
Al ser una bocina que funciona en modo fijo y de manera portátil, Sonos ha incorporado su software de calibración automático Trueplay; así que, al mover la bocina de un espacio a otro, hace la ecualización y la optimización acústica entre la bocina y la habitación. La verdad, funciona bastante bien.
Dicho lo anterior, hablemos de la experiencia.
Versátil es decir poco
Cuando me llegó la Sonos Play coincidió con una salida a uno de los pueblos de la sierra de Querétaro, así que decidí llevármela. No contaba con los constantes cortes de energía, que limitaban los horarios de la corriente eléctrica, y el internet rural era poco menos que precario. Lo bueno es que siempre voy con mi maleta de previsiones. Una vez cargada la Sonos Play, conectaba mi iPhone de manera cableada usando un DAC THX y un cable analógico auxiliar 1/8” estéreo que va hacia un adaptador que Sonos ofrece para hacer este tipo de conexiones.
Con esto evitaba la baja calidad de audio de Bluetooth y, en cambio, tenía mi playlist con canciones descargadas en mi aplicación Música de Apple iOS. El sonido resultó razonablemente bueno. Los graves son articulados (y perceptiblemente de mayor potencia de lo que uno espera por el tamaño de la bocina), y el rango medio cabe en la categoría de Hi-Fi por su transparencia y claridad. En lo personal, me gustaría un poco más de extensión en agudos, pero es pecata minuta.
Es justo acotar que Sonos anuncia una duración de batería de hasta 24 horas (con volumen al 50%). No lo medí, pero a esta bocina la pila le dura muchísimo y la cargaba una vez al día. Además, puede fungir como un powerbank para un iPhone.
Así pasé una semana escuchando glorias sonoras como el álbum Works-I de Joe Hisaishi & London Philharmonic Orchestra (el maestro de las bandas sonoras del Studio Ghibli), o el Best of the Other Sides de Kate Bush, un discazo de lados B de la mujer de la voz etérea y casi mística. Tuve tiempo de volver a escuchar La Voglia La Pazzia L’incoscienza L’allegria del poeta Vinícius de Moraes con Ornella Vanoni y la guitarra inconfundible de Toquinho; fue una delicia sonora, sobre todo porque tenía la Sonos Play a un par de pasos de una silla de equipal en la terraza de la casa en la provincia queretana.
Ya regresando a casa, integré la Sonos Play a mi habitual sistema conformado por un cine en casa (Sonos Arc Ultra con dos Sonos Sub y Era 300 como surround) y demás bocinas regadas en mi casa (Sonos Five con Sub Mini, Sonos One en cocina, Sonos Move en recámara).
La app corrió sin problemas. Creo que Sonos la ha mejorado drásticamente en los últimos meses sin hacer tanto cacareo. Así, Sonos Play pasó a ser mi bocina de comedor; cuando no quería escuchar el sistema de la TV, simplemente mandaba la señal a la nueva Sonos Play y no me decepcionó.
Mi primer disco (desde la app Música en iOS que permite streaming de archivos en alta resolución) en esta configuración fue el Mongo At The Village Gate; y digo disco porque me aventé los 48 minutos sin pestañear, anclado a un vaso generoso de whisky nacional de marca Abasolo que también encanta al paladar.
La Sonos Play puede desarrollar un buen nivel de presión sonora sin distorsión audible y sin cambiar notoriamente la tonalidad de las piezas musicales. La lectura del decibelímetro me dio hasta 80 dB (a 1 metro) antes de provocar estragos. Algo estupendo si consideramos su tamaño. Más allá de ese nivel de volumen, la bocina empieza a sufrir compresión mecánica en drivers y, por lo tanto, hay un cambio en el carácter tonal de la música, sobre todo en el rango medio; una percepción que conocemos como distorsión.
Un disco que de veras disfruté fue The Best of Strunz & Farah, el dúo de guitarristas (uno costarricense y uno iraní) que hicieron que los pequeños drivers de la Sonos Play se esforzaran para descubrir la magia acústica de este material.
Luego la conecté por Bluetooth a una tornamesa Sony PS-LX310BT y funcionó a la perfección; a la primera se estableció la comunicación y trabajó sin problemas. Acá estrené algunos LPs que tenía todavía con celofán, como el pop contagioso de Lizzo y su Special, el maravilloso y elaborado Waka/Jawaka de Frank Zappa, el minimalista Room 29 de Jarvis Cocker y Chilly Gonzales, o el funk soul de Leon Bridges y su Coming Home.
La Sonos Play es el principio de la renovada era de la marca; es la vuelta a los básicos. Muchas firmas pueden hacer bocinas (y varias de ellas, sin duda, tendrán mejor desempeño sonoro a mayor precio), pero pocas, por no decir que ninguna, puede lograr sistemas tan confiables, robustos, cohesivos y tan disfrutables como Sonos. Esperemos que continúen así y no se pierdan en el camino.
Finalmente, quiero notar un disco que tiene un sonido excelso y que en la Sonos Play se escucha como caricia tropical: Sones y Tradiciones (feat. Cachao) de Enrique Chía. Como afirman los que saben, la gloria del sonido no está en el formato, está en la hechura del disco; y este material demuestra una grabación impecable, una mezcla emotiva y perfecta, y una masterización puntual y precisa con la ecualización de un maestro. No me crean: búsquenlo en plataformas y compruébenlo. Si yo fuera promotor de Sonos, este disco sería mi referencia para vender esta bocina como pan caliente.
La vuelta al redil: lo mejor está por venir
La Sonos Play es para mí un hit y tiene la versatilidad como para ser tu primera bocina Sonos (o la primera de varias): suena muy bien, tiene el tamaño correcto, se conecta por Wi-Fi, Bluetooth o cable auxiliar con adaptador, la puedes alimentar desde su propia base/estación de carga, desde un cargador genérico con cable USB-C o desde una batería de respaldo. Y, sobre todo, es un pilar del sistema; eso que Sonos sabe hacer como nadie.
Difícil, muy difícil encontrarle un defecto. Desde acá, la recomiendo a ojos cerrados y a oídos abiertos.
Precio en México: $5,699 pesos

