Genelec 4010A en el Museo Franz Mayer de la CDMX

La sala permanente del Museo Franz Mayer se renueva cada año. En 2026, el sonido se convierte en un segundo recorrido: arte sonoro alemán, diez altavoces Genelec 4010A y una colección que abarca desde el tapete flamenco del siglo XVI hasta el diseño contemporáneo.

Una sala que no se queda quieta

El Museo Franz Mayer cumple 40 años. Nació para albergar la colección que Franz Mayer reunió a lo largo de su vida; sin embargo, su reto actual es distinto: lograr que el visitante recurrente descubra una propuesta nueva en cada regreso. El 97 % de su audiencia es local; por ello, la exhibición permanente debe sostener las visitas de retorno mientras el museo organiza entre 12 y 15 exposiciones temporales al año.

Desde hace cuatro años, cada intervención en sus casi 1,500 metros cuadrados de salas permanentes parte de un artista, una temática o una conmemoración. Giovana Jaspersen, directora general de la institución, lo resume con claridad: “No somos un museo de artes aplicadas y diseño, sino un museo de diseño de todos los tiempos”. Romper esas fronteras temporales constituye el objetivo central de cada montaje.

Alemania: de la bodega a la sala

Para conmemorar su cuadragésimo aniversario y rendir homenaje a su fundador, el museo exhibe una rigurosa selección de las cerca de 300 piezas que Franz Mayer reunió durante la primera mitad del siglo XX, procedentes de Alemania. Destacan entre el acervo refinadas papeleras, piezas de platería y libros de alto valor histórico.

La muestra permanecerá abierta al público hasta 2027 bajo el título Alemania, revoluciones de ciencia y arte (también referida como Alemania en la Colección Franz Mayer). La propuesta entabla un diálogo directo entre las piezas históricas, el arte contemporáneo alemán y diversas obras sonoras. De este modo, una colección custodiada habitualmente en bodega vuelve a exhibirse mediante un enfoque renovado.

El recorrido inicia con la imprenta. Para el equipo curatorial, el grabado representó una revolución técnica comparable a la inteligencia artificial contemporánea: permitió, por primera vez, integrar imágenes en el entorno doméstico. La colección —que resguarda dos incunables— articula esta narrativa antes de desplegarse hacia la medicina, representada en la reconstrucción de una botica histórica, y hacia los mapas cartográficos que transformaron la visión europea sobre América.

Cada núcleo temático integra una pieza de arte sonoro firmada por un creador alemán. La curaduría acústica estuvo a cargo de Tito Rivas, director de la Fonoteca Nacional y un referente fundamental del arte sonoro en México.

El sonido como mediación

Al ingresar, el diseño sonoro opera de forma sutil. El visitante recorre el espacio sin percibir de inmediato la presencia de la banda sonora, una estrategia intencional dentro del esquema de mediación del recinto. “Estás en un ámbito, no estás en ruido blanco”, puntualiza Giovana Jaspersen.

A medida que el público avanza, el paisaje acústico evoluciona. Emergen tensiones sonoras diseñadas para generar un desconcierto deliberado; en ese punto, la transformación resulta evidente. Quien examina la cédula museográfica desde el inicio comprende de inmediato la estructura técnica. Quien prescinde de la lectura se cuestiona el origen de los estímulos auditivos. Para el museo, esta interrogante constituye el núcleo central de la experiencia: la acústica no solo acompaña la navegación espacial, sino que detona respuestas emocionales directas.

El comportamiento del público refleja el impacto de la propuesta. Diversos asistentes prolongan su estancia o se sientan a escuchar la composición completa, permaneciendo en sala aun cuando la colección gráfica no sea su foco de interés principal. La dirección identifica en este fenómeno la llegada de una audiencia sensorial y auditiva que accede al acervo histórico a través de nuevos canales de mediación.

Diez altavoces para un recorrido no lineal

El espacio no opera como un recinto uniforme; presenta proporciones dinámicas donde no todas las zonas exigen la misma presión ni la misma densidad acústica. Determinados puntos demandan múltiples puntos de emisión, mientras que otros requieren contención de nivel. La arquitectura del proyecto resolvió este reto distribuyendo diez altavoces Genelec 4010A a lo largo del trayecto para garantizar una cobertura homogénea y sin vacíos acústicos, reservando los silencios exclusivamente para las exigencias de la obra. La intensidad sonora responde al ritmo curatorial de cada estación.

Previo al montaje final, el equipo técnico desarrolló pruebas de nivelación SPL y calibración de volumen. Esta fase determinó las zonas de mayor tensión dramática, protegiendo la comodidad del espectador y evitando interferencias con el discurso visual.

Un año de desarrollo, mes y medio en sala

Cada intervención sobre las salas permanentes exige cerca de doce meses de trabajo previo, distribuidos en investigación curatorial, conservación, restauración y diseño museográfico. La integración tecnológica —que abarca iluminación y refuerzo sonoro— se ejecuta en la etapa final. En esta exhibición, el montaje técnico dentro de sala tomó mes y medio.

El museo programa estas maniobras durante los periodos de cierre al público. Con ello evita la clausura total de la exhibición permanente durante los trabajos de integración.

Operación sin interrupciones

El equipo operativo del museo adoptó el flujo de trabajo de una plataforma tecnológica inédita para su personal. En palabras de Giovana Jaspersen: “Cada exposición representa un aprendizaje nuevo; nos corresponde formarnos en el uso de herramientas recientes”. La planificación previa de las especificaciones técnicas, la participación de especialistas desde la fase de selección hasta el ajuste fino y el aislamiento del sistema frente a fallas operativas cotidianas garantizaron el éxito de la implementación. En la actualidad, el recinto opera la infraestructura sin contratiempos.